Reportajes

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CRUZ ROJA ASAMBLEA COMARCAL: SOLIDARIDAD Y VOLUNTARIADO AL SERVICIO DE LA SOCIEDAD

Texto y fotos: Remedios Camero

Decir Cruz Roja es decir ayuda, humanidad, atención, voluntariado. Todas las palabras que evoca esta organización, nacida en 1863 basándose en las ideas de socorro a heridos de guerra promovidas por el suizo Henry Dunat, son positivas. Y eso se debe a la gran labor que realizan sus responsables y voluntarios, detrás de la cual hay hombres y mujeres con nombres y apellidos que invierten su tiempo y su saber hacer en pro de su prójimo. Solidaridad en estado puro, tan necesaria siempre pero ahora, en tiempo de crisis, quizás aún más.

También en nuestra comarca actúa esta organización, y desde hace muchos años. Su sede comarcal está ubicada en Estepa, en el polígono industrial Sierra Sur, pero la Asamblea Comarcal de Cruz Roja Estepa está integrada, además de por la localidad estepeña, por los municipios de Aguadulce, Badolatosa, Casariche, Gilena, Herrera, Lora de Estepa, La Roda de Andalucía, Marinaleda y Pedrera. En la actualidad, unos 200 voluntarios se encuentran participando en las distintas actividades que la ONG pone en marcha dentro de las distintas áreas en las que trabaja la entidad.

La actividad de los voluntarios y responsables de la organización abarca desde la vigilancia en grandes eventos al acompañamiento de mayores, pasando por la formación y la puesta en marcha de iniciativas para los más pequeños. En este sentido, y aunando la vocación de servicio de Cruz Roja con la atención a la infancia, la Asamblea Comarcal de Cruz Roja Estepa tiene previsto poner en marcha en breve, en colaboración con el SAS, una acción denominada “Animación a la infancia en centros hospitalarios”, que se desarrollará en el Hospital Comarcal de la Merced de Osuna y cuyo objetivo será poner en marcha actividades de ocio y acompañamiento para los menores ingresados en este centro hospitalario.

Y en cuanto a las acciones ya realizadas, cabe destacar la intervención de los voluntarios en varios asentamientos de etnias o inmigrantes en la comarca, a los que acuden primero para valorar su situación y, posteriormente, les facilitan kits básicos de higiene y alimentos para 72 horas. También han entregado en varias ocasiones mantas y ropa de abrigo en cortijos de la zona donde había alojadas personas con necesidad.

Ámbitos de actuación en la comarca

Cinco son los ámbitos de actuación de la asamblea comarcal de Cruz Roja Estepa: Voluntariado Digital, Voluntariado, Juventud, Intervención Social y Salud y Socorro. Al frente de cada una de estas áreas se sitúa un responsable, llamado “referente” según la nomenclatura de Cruz Roja. Asimismo, algunas áreas, como la de Intervención Social, se dividen en distintos programas, como el de “Alimentos para la solidaridad” y “Ayuda a domicilio complementaria”, que cuentan a su vez con sus propios referentes.

La Cruz Roja comarcal está dirigida por un comité al frente del cual se halla un presidente, que en la actualidad es Francisco Román Rodríguez, aunque en el caso concreto del área de Juventud, ésta alberga también una comisión capitaneada por un director, actualmente José Antonio Aires Barea.

Cuando una persona se hace voluntario de Cruz Roja, recibe una formación básica institucional, donde se le explica qué es la organización, y ya desde ese momento el voluntario se adscribe a una determinada área de las mencionadas anteriormente.

Cada área, una finalidad, una atención

Precisamente, el área de Voluntariado es una de las principales dentro de la Asamblea Comarcal, pues es la que da los primeros pasos con respecto a los voluntarios, y permite que estos puedan insertarse en la organización y desarrollar su labor en un área o en otra. Se encarga de todos los voluntarios, desde la campaña de captación de los mismos a la de inscripción, así como de la gestión de la burocracia resultante y de la formación de los mismos. Y es ahí donde radica su importancia: porque sin voluntarios no habría Cruz Roja.

Recibe también el nombre de Voluntariado, pero con el apellido de “digital”, el área que alberga la impartición de cursos y nociones básicas sobre las nuevas tecnologías, dirigidas a colectivos heterogéneos aunque normalmente suelen ser personas mayores. Las personas que se acercan a la sede de la asamblea comarcal de Cruz Roja para participar en este Voluntariado Digital reciben información y formación en el manejo de cualquier dispositivo electrónico o digital, como cámaras de fotos y vídeo, GPS, teléfonos móviles… Estos talleres se han estado desarrollando una vez por semana, en colaboración con el proyecto “Andalucía, compromiso digital”.

Salud y Socorro quizás sea una de las actividades de Cruz Roja más conocidas por la sociedad, pues es habitual ver a voluntarios y responsables de la organización en grandes concentraciones humanas como conciertos, ferias, procesiones de Semana Santa, cabalgata de Reyes Magos, romerías o eventos deportivos, velando por la seguridad de los ciudadanos. Esta área desarrolla, por ejemplo, su dispositivo “preventivo terrestre”, que contempla la ubicación de ambulancias en concentraciones de personas en eventos de distinto tipo con el fin de atender cualquier emergencia.

Socorristas y técnicos de transportes formados por Cruz Roja forman parte de este dispositivo de la organización, que sirve de apoyo a la labor del servicio sanitario público.

De hecho, Cruz Roja forma de manera interna a los voluntarios que quieren adscribirse al área de Salud y Socorro, así como a la población en general a través de cursos de primeros auxilios, por ejemplo, en lo que sería una actividad de formación externa. Asimismo, Cruz Roja desarrolla a lo largo del año diversas campañas informativas enfocadas a la prevención de accidentes de tráfico, de accidentes domésticos o para la toma de medidas con respecto al calor, por ejemplo, en verano, especialmente enfocadas a las personas mayores. “En tu casa, quiérete mucho”, “En verano, quiérete mucho” o “En la carretera, quiérete mucho” son algunos de los eslóganes utilizados por Cruz Roja en estas campañas preventivas.

En la actualidad, la mayoría de los voluntarios que forman parte de Salud y Socorro en la Asamblea Comarcal Cruz Roja de Estepa son estepeños, pero también hay ya muchos voluntarios de otros municipios de la zona. En cuanto a su perfil, es heterogéneo, es decir, tienen diferentes edades, formación o situación laboral.

Cruz Roja Juventud, integrada pero independiente

Cruz Roja Juventud forma parte del organigrama de la entidad pero actúa de manera independiente, como ya hemos indicado anteriormente. De hecho, desde el pasado verano cuenta con un consejo regido por su propio director, consejo que sigue las mismas directrices y actividades que se hacen a nivel nacional. Su labor de desempeña en distintos campos, como ocio y tiempo libre o medio ambiente.

En Cruz Roja Juventud, los voluntarios tienen entre 14 y 30 años. En la organización se puede ser voluntario a partir de los 18, por lo que si un menor con más de 14 años quiere formar parte de Cruz Roja antes de alcanzar la mayoría de edad, entra automáticamente como voluntario en la sección de Juventud.

Intervención social, el área más conocida

El área de Intervención Social tal vez sea el área más conocida de Cruz Roja. Desde luego, lo que sí es seguro es que es de las más importantes y, además, de las más valoradas por la sociedad. La distribución de alimentos a los más necesitados o la ayuda a ancianos están entre sus prioridades, lo que le da un alto valor al trabajo de estos voluntarios, sin desmerecer no obstante el que realizan los demás en otras áreas.

Dentro de la intervención social, los voluntarios desarrollan los programas “Alimentos para la solidaridad” y “Personas mayores”, en el cual se contempla la ayuda a domicilio complementaria y la animación en centros externos.

“Alimentos para solidaridad” se hace posible gracias a la colaboración de la ONG Banco de Alimentos, en el que se reparten a los más necesitados alimentos que le donan grandes empresas de sus excedentes alimenticios. Cruz Roja les solicita un número concreto de kilos y se encarga de su distribución. En una de las últimas acciones realizadas en el marco de esta área, la asamblea comarcal repartió más de cinco mil kilos de alimentos, que fueron distribuidos a personas necesitadas de toda la comarca.

En este ámbito, los voluntarios de Cruz Roja trabajan en colaboración con Cáritas y con los distintos ayuntamientos de la zona, a fin de evitar duplicidades en cuanto a la ayuda. La prioridad a la hora del reparto la establece la necesidad de la familia y no su lugar de residencia. Cabe señalar que se hacen tres repartos al año, en los cuales no necesariamente se distribuyen alimentos a las mismas personas.

También en intervención social se contempla la ayuda a las personas mayores. Así, por ejemplo, en la ayuda a domicilio complementaria, los mayores atendidos suelen ser personas que viven solas a los que se les da compañía durante una hora y media un día una vez a la semana. Este servicio de atención lleva funcionando en la comarca desde la primavera de 2011 y atiende ya a varios usuarios. La persona que lo necesite puede solicitar este servicio contactando con Cruz Roja comarcal en el teléfono 954 820 071.

En cuanto a la animación en centros externos, principalmente residencias de ancianos, se hace la misma labor de acompañamiento que en domicilios particulares, pero también se desarrollan talleres con los mayores, como por ejemplo de músicoterapia o dibujo. En la actualidad, esta acción se desarrolla una vez por semana en la residencia de mayores de Estepa.

Otra actividad que realiza la Asamblea Comarcal de Cruz Roja es la de transporte adaptado, gracias al uso de un vehículo en el que pueden trasportarse hasta 4 personas en silla de ruedas. Actualmente se están realizando transportes tanto de personas discapacitadas pertenecientes a la Asociación Estepeña de Minusválidos Físicos, Psíquicos y Sensoriales, ASEMI, como de la residencia de ancianos de Estepa, pero al igual que el resto de las actividades de Cruz Roja, este servicio está abierto a toda la comarca.

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BREVE HISTORIA DEL CHOCOLATE EN ESTEPA: EL TÍO DEL BIGOTE Y SUS COLEGAS

Texto y fotografías: Antonio Rivero Ruiz y archivo

La llegada del cacao a Estepa

Hasta que Achard, un químico alemán, no extrajo con un buen rendimiento el azúcar de la remolacha (1801), ésta tuvo un precio que la hacía inalcanzable a muchos bolsillos. De tal manera que era habitual sólo en las despensas de palacios y casas poderosas, llegando al resto de bocas en la agonía de sus propietarios para endulzarles sus últimos momentos.

Así podemos afirmar, casi con toda seguridad, que la primera visita que hace el cacao en Estepa es al palacio de los Centuriones. Es más, mi amigo Moisés Caballero, que ha inventariado el archivo del Marqués de Cerverales y, en la actualidad, está inventariando el del Marqués de Estepa, ha localizado una partida de chocolateras en los inventarios de este último ya a comienzos del siglo XVIII e incluso, la existencia de la “sala del chocolate” en palacio repleta de cuadros. Lo que indica que desde hacía bastante tiempo ya se venía bebiendo chocolate en aquella dependencia.

Tal vez podríamos afirmar, sin miedo a equivocarnos, que fue el fabuloso tercer Marqués de Estepa, Adán Centurión, quien introdujo tan dulce costumbre para celebrar los numerosos nacimientos que tuvo fruto del casamiento con su sobrina doña Leonor y los que tuvo fuera de dicho matrimonio.

Fue nuestro personaje, militar, poeta, historiador, pintor, astrólogo, arqueólogo… Con este perfil, no debe extrañarnos su interés por cuantas novedades llegaran del Nuevo Mundo, entre las que destacaba un fruto, el cacao, y la espesa bebida obtenida con él, que un contemporáneo suyo, Antonio Colmenero de Ledesma, médico de Écija, había dado a conocer por todo el mundo con la publicación de su libro Curioso tratado de la naturaleza y calidad del chocolate (1631) y del que ya publiqué su biografía hace años, completando un estudio previo que había hecho mi amigo y gran maestro chocolatero Christian Constant.

Los primeros obradores

Las primeras noticias que he localizado sobre su elaboración en Estepa las he encontrado en el archivo del convento de Santa Clara, en sus libros de cuentas de mediados del siglo XVIII, en los que aparecen continuas compras de cacao para elaboraciones con las que obsequiar a los marqueses de Estepa cuando se encontraban en Madrid y, posiblemente, a otros benefactores pues las cantidades que preparaban superaban con creces las que podían consumir sus monjas. También aparecen partidas para pagar “al chocolatero” que iba al convento a elaborarlo.

Uno de esos chocolateros seguramente sería un hijo de doña Cecilia Rejano “maestro de labrar chocolate” en unión de su hermano, oficial del mismo oficio, o bien Francisco de la Torre, “del mismo estado y oficio” junto con su hijo mayor que era oficial en ello, según las “comprobaciones” del Catastro de Ensenada a mitad del siglo XVIII.

También he encontrado chocolateros en Estepa a lo largo del siglo XIX. Así, he localizado la partida de defunción (1838) de Antonio Téllez “de oficio chocolatero”; en ese mismo año aparece Miguel de Toro, del mismo oficio; en 1846 consta el entierro de un niño, hijo de José de Silva, de la misma profesión; y, antes que todos ellos, hace testamento en 1833 Teodoro Jiménez que declara “me deben diferentes personas algunas cantidades menores procedentes del tráfico de chocolate que he tenido, como consta de los apuntes que conservo”. Incluso consta un comerciante de cacao, Matías del Rivero, que vivía en calle Santa Ana nº 1 y que por su partida de defunción (cedida por mi amigo Jorge Jordán) sabemos que murió en 1845.

Las últimas fábricas de chocolate

Además de las fábricas de las familias Jiménez y Toro que muchos conocimos y de las que me ocuparé al final, existieron otras que, si bien tuvieron poca vida, no merecen pasar al olvido porque mejoraron muchos cantos de pan de las meriendas de los niños estepeños. Por orden de aparición son las siguientes (los años que figuran son de los que he encontrado datos de su existencia en censos industriales):

1.El Gallo.- Propiedad de José Mª Fernández Borrego. c/ Molinos nº 34 (1926-1928).
2.La Andaluza.- Jesús Cáceres F. Montesinos. (1927-1928). Por el mismo tiempo tuvo fábrica de mantecados. Las dos fábricas se las vendió a Felipe González.
3.La Virgen del Pilar.- Felipe González Ledesma (1928-1953).- La fábrica estaba en calle Delicias nº 1 y la venta la hacía por la calle Humilladero, haciendo esquina con Delicias. Después de la guerra civil fabrica con la marca Pilarita ya en la calle Médico Álvarez Muñoz.
4.El Gran Capitán.- José Martín Lasarte.- Plaza del Carmen nº5 (1930-1932). En 1933 ya sólo fabrica mantecados con la marca La Triunfadora.
5.La Victoria.- Enrique Arjona Martínez.- Había comenzado la fabricación de mantecados en 1924 y de 1930 a 1932 fabricó chocolate. Originó una guerra de precios con el resto de fábricas de chocolate.
6.Ntra. Sra. de los Remedios. Hermanas de la Cruz. En su convento (1931). No he podido averiguar nada más, pero tengo la impresión de que está relacionada con la siguiente.
7.El Carmelo.- Eloy Juárez Juárez- Plaza del Carmen nº 6 (1933-1934). Aunque no puedo asegurarlo, creo que la fábrica se la compró a José Martín Lasarte. Después la compró José Luque Manzano (1950-1953) que la dejaría para dedicarse a la hostelería (del hotel El Fuerte). Se la compró la Vda. de José Páez Cordero y fabricó durante poco tiempo.
8.Cañete.- Antonio Cañete Romero. Cardenal Spínola (1937-1950). Había comenzado con fábrica de mantecados (Ntra. Sra. del Carmen) en 1915 y se dedicó a la fabricación del chocolate también en plena guerra civil por la gran demanda que hubo para el ejército.

Estamos ya en una época en la que chocolate baña cualquier rincón del mundo. Su elaboración a brazo se ha sustituido por máquinas movidas a vapor, primero, y por motores eléctricos, después, aumentando así inmensamente su producción y consiguiendo, a la par, un producto más económico que saltaba las tapias de las casas nobles para democratizarse e introducirse en fogones más humildes. Es el tiempo en el que surgen en Suiza, Francia, Alemania, pequeñas fábricas que darían nombre a las grandes multinacionales que conocemos hoy. Estas multinacionales son las que acabarían después, en el tercer cuarto del siglo XX, con todas las fábricas de chocolate pequeñas que había en los pueblos.

El chocolate ya es una bebida usual en todas las clases sociales, al menos en momentos especiales. Como alimento vigorizante que se consideraba, en Estepa, hasta hace pocos años, era frecuente regalar a las mujeres que habían dado a luz unas tabletas de chocolate y también, por toda España, se escuchaba en boca del novio suspirar a su amada: ¡Cuando querrá Dios del cielo y la Virgen soberana que nos lleven a los dos el chocolate a la cama!. Pues era costumbre que los novios desayunaran en la cama después de una agotadora luna de miel y, claro, se les daba la bebida más reconfortante: chocolate.

La familia Toro

José Toro Jiménez tenía su fábrica de chocolate a brazo en la calle Castillejos nº 33, cerca de la casa en que habitaba. Vendía su pequeña producción, hecha con cacaos de Guayaquil, Caracas y Soconusco, en libras o paquetes de 350 grs. con dos tabletas a 3 reales. Pero murió en 1903, a los 65 años, y se encarga de la fábrica Mª Jesús Santander, su viuda, en unión de sus hijos Joaquín y Enrique. Es sintomático que los hijos mayores no fueran chocolateros (Miguel era “tabernero” y José “escribiente”), lo que me hace pensar que, tal vez, su padre hubiera adquirido el oficio no hacía mucho.

Al morir su madre, y ya una vez casados, Joaquín monta su obrador en su casa, en calle Cardenal Spínola nº 18, simultaneando con la elaboración de mantecados hasta la guerra civil. Para aquel entonces ya había muerto su padre y la fábrica sigue elaborando con el nombre de chocolates Vda. de Joaquín Toro, ayudada por sus hijos Miguel y Joaquín junto a sus hermanas Ana Mª Carmen y Concepción, que se encargaban de envolver las tabletas. Una pieza entrañable de aquella fabrica me la regaló su nieta Mª Jesús. La fábrica desapareció al principio de los años 60 del siglo pasado.

Su otro hijo, Enrique Toro Santander, siguió en la fábrica paterna ya trasladada al domicilio familiar, Castillejos 51 y 53, y fabrica, primero, bajo la marca chocolates Enrique Toro, y, después de morir su padre en 1922, sus hijos José y Enrique Toro Silva, en 1928, registran la marca San Enrique, con la que también comienzan a fabricar mantecados en 1951, que les absorbe tanto que deciden cerrar la fábrica de chocolate por los años 60 para dedicarse de lleno a la elaboración de nuestros dulces de Navidad. Labor que siguen realizando al día de hoy Remedios y José Toro Cejudo junto a sus hijos, prestigiando a Estepa con sus marcas La Fortaleza y San Enrique, respectivamente.

El tío del bigote

Si Estepa tuviera que estar representada por sus olores, después de la canela estaría, sin ninguna duda, el chocolate. Y si la representación estuviera basada en su industria, entre los primeros lugares estaría aquella fábrica de chocolate de Rafael Jiménez, aquellas onzas del tío del bigote con su inconfundible sabor que tantos estepeños llevamos grabado en nuestros paladares. Han pasado casi 50 años y todavía recuerdo cómo, cuando mi madre me mandaba por recados “ancá Paco” o a la droguería de Remedios, abría aquel cancel para aspirar gratuitamente los olores que, custodiados por las antiguas bóvedas del palacio del marqués del Oro y su vencida tarima de madera, me hacían cerrar los ojos mientras henchía mis pulmones para recrearme con cada una de sus notas. Veamos como surgió y creció este templo de los sentidos hasta formar parte de la memoria colectiva de Estepa.

Rafael Jiménez Pérez, inmortalizado como “el tío del bigote” por el mostacho con el que aparecía en el centro de cada onza, nace en Estepa en 1867 y, tengo que confesarlo, me ha faltado tiempo para averiguar si sus antepasados ejercían el oficio. En los censos de 1900 aparece viviendo en la calle Saladillo nº 22 y por ese tiempo debió adquirir el ya mencionado palacio del marqués del Oro que unos diez años antes había dejado de ser una vivienda noble para contener el más antiguo oficio del mundo. Lo cierto es que a finales de mil ochocientos nos lo encontramos fabricando con la marca chocolates Rafael Jiménez en calle Castillejos 60 y 62.

Hacia 1915 dejó de fabricar a brazo e introdujo motores eléctricos en la elaboración, con lo que consiguió una gran producción y un mejor precio, mientras él vendía las dos tabletas de 350 grs. a 1,50 pesetas, la competencia las vendía a dos pesetas. Con lo que llegaría una lucha comercial importante y, para evitar que le copiaran, hizo moldes con su cara como signo de identidad, acompañados del siguiente aviso: “Para evitar cualquier imitación, a mis favorecedores ruego muy encarecidamente se fijen en los envoltorios que estos llevan mi retrato, nombre y apellidos”.

Fue un emprendedor que no se detuvo en acompañar la venta de sus chocolates con “canela, clavo Zanzíbar, pimienta negra, madre clavo, cominos limpios, anís manchego, té negro y verde superior, peladillas de almendra…” sino que montó una fábrica de harinas en el comienzo derecho de la calle Toril, y, en 1926, le dio poder a su hijo Manuel, y se marchó a Sevilla a fundar la fábrica de chocolates Virgen de los Reyes.

A su muerte, dos de sus hijos continúan con la fabricación en Sevilla, Manuel se encarga de la fábrica de harinas e Hilario continua con la elaboración de chocolate en Estepa hasta su muerte en 1974, continuando sus hijos Paco y Rafael y su yerno, Rafael Machuca, hasta el 13 de junio de 1986 en que cerró definitivamente sus puertas.

Para hacernos una idea del volumen de producción en una de sus épocas de mayor actividad añadiremos que pasó de facturar 236.957 pesetas en 1947 a 675.582 pesetas en 1952, con producciones de unos 600 kilos diarios.

Su maquinaria salió de Estepa, pero nos hacía muchísima ilusión recuperarlas y, desde hace algunos años, puedo deciros que trabajan en la fábrica de chocolate de La Despensa de Palacio, donde próximamente se podrán ver en el Museo del Chocolate que estamos construyendo y donde estaremos orgullosos y felices de compartir con todos los estepeños no sólo la historia sino los olores del chocolate del “tío del bigote” y sus colegas.

JOSÉ MANUEL LEÓN, UN ESTEPEÑO EN LA CIMA DEL ACONCAGUA

Texto: Remedios Camero / Fotos: José Manuel León

No cabe duda de que los mejores embajadores de Estepa son los propios estepeños. Sin embargo, el más difícil todavía lo ostenta José Manuel León Muñoz, un estepeño de 42 años que, aunque pasa poco tiempo en su pueblo por motivos de trabajo, ha situado el nombre de Estepa y su imagen más representativa, la Torre de la Victoria, a 7.000 metros de altura, en la cima de la montaña más alta de América: el cerro Aconcagua, en la Cordillera de los Andes.

José Manuel alcanzó este hito el 19 de enero de 2011, después de 25 días de expedición. Viajó desde Estepa a la ciudad de Mendoza, Argentina, acompañado de otro amante de la montaña y aventurero como él, Miguel, un amigo valenciano. Allí se unieron a una grupo de Aragón formado por once personas para compartir con ellos el transporte, la logística y el porteo de material, debido al elevado peso que llevaban. Sin embargo, de los trece expedicionarios sólo alcanzaron la cima tres; el resto tuvo que ser evacuado en helicóptero al no poder resistir la dureza de la subida. José Manuel León sí llegó a la cumbre.

Explica José Manuel que esto se debe a que “el gran handicap de estas montañas es la altura en sí y la capacidad de aclimatación a la altura de cada expedicionario”. Los glóbulos rojos del cuerpo humano, a partir de 3.500 metros, tienen dificultad en captar oxígeno, por lo que a partir de esa altura “son los glóbulos rojos los que deciden si continúas o no” . No obstante, la subida no se hace de un tirón, sino que los montañeros van ganando metros a la montaña usando un sistema llamado “dientes de sierra”, y que consiste en subir y alcanzar una altura, montar un campo de altura y trasladar a él parte del material, desandar lo andado para dormir en otro campo situado en una cota más baja, para continuar la subida al día siguiente y así sucesivamente, de modo que el cuerpo se vaya haciendo poco a poco a la altura.

José León ha publicado esta experiencia en un libro llamado “De Estepa al Centinela de Piedra”, publicado por ediciones QVE y que puede adquirirse en las librerías estepeñas. En él, este aventurero relata sus 25 días de expedición y muestra fotografías de los distintos momentos de la subida.

Volviendo a la subida al Aconcagua, José Manuel reconoce que sin duda se corre un riesgo, pero considera que uno mismo es el encargado de medirlo y de saber hasta dónde se es capaz de llegar. Él tiene muy claro que no tiene interés en engrosar ninguna lista de montañeros “de los que han perdido siquiera una falange de un pie” porque, ante todo, se trata de disfrutar de la aventura, y él lo hace desde que parte de Estepa hasta que alcanza, si puede, el objetivo marcado. También reconoce haberse retirado de algunas experiencias antes de conseguir su reto, pero no le importa: los momentos de felicidad, según nos dice, los hace en el camino, en el conocer gente y nuevos lugares, en las vivencias experimentadas, en la gastronomía que conoces, en la incertidumbre de dónde dormirás o cómo te desplazarás…. “Lo importante es el camino, aunque suene muy típico, pero es lo más valioso, y si hubiera tenido que retirarme del Aconcagua sin llegar a la cima, me hubiera quedado en Argentina visitando el país, porque para mí el mayor placer está en el viaje”, afirma.

Y es lógico, porque José Manuel no se considera un montañero al uso, sino más bien un aventurero en toda regla. La aventura es una constante en su vida, aventura en su sentido más puro, al igual que el deporte o los viajes. Desde el primer viaje que hizo al extranjero, a Escocia, con 18 años y sin saber ni una palabra de inglés, hasta hoy, ha viajado por medio mundo: al Himalaya, en 2009, donde viajó solo; a la selva de Tailandia; a Chitwan, en la frontera de la India con Nepal; al Toubkal de Marruecos, la segunda cumbre más alta de África después del Kilimanjaro… Cordilleras montañosas, selvas, lugares remotos “en los que viajar solo ha sido mi segunda escuela de enseñanza en todos los aspectos”.

Sin embargo, reconoce que todas sus aventuras han nacido aquí, en su tierra, en un radio de menos de 80 kilómetros, donde también hay “parajes maravillosos”: en Granada, en Ardales (Málaga), en el Torcal de Antequera, en El Chorro o en la propia Sierra de Estepa, lugares donde ha encontrado “rincones espectaculares en los que, cerrando los ojos, podrías estar en cualquier lugar del mundo”.

José Manuel alcanzó la cima del Aconcagua hacia las dos de la tarde del 19 de enero, “agotado por la falta de oxígeno y el extremo cansancio”, andando a gatas prácticamente, pero con la satisfacción de haber conseguido el reto deportivo que se había marcado. Unos veinte minutos después, cuando ya se marchaba, llegaron dos noruegos y fue uno de ellos el que le hizo la fotografía que acompaña este artículo y en la que se le ve sosteniendo la bandera estepeña que le acompaña, según confiesa, en todos sus viajes.

Para el 2012, José Manuel tiene previsto atacar los 5.895 metros del Kilimanjaro, en Tanzania, conocido como “el techo de África”, y ello con la vista puesta también en la primavera de 2013, cuando espera alcanzar la cima del monte Cho Oyu, en China, de 8.201 metros de altitud. Explica que estas expediciones conllevan muchos meses de preparación tanto de su estado físico como de logística (recurrir a muchos contactos, realizar mucha burocracia…), así como desembolsar curiosas sumas de dinero que él siempre ha pagado de sus ahorros, porque en algunos casos el coste de estas expediciones puede superar los diez mil euros.

No obstante, y con el fin de iniciar un nuevo proceso de aclimatación, antes de los lugares mencionados José Manuel viajará al Toubkal, en Marruecos, una montaña de 4.165 metros que espera subir en noviembre con otro aventurero estepeño, Manuel Haro Jiménez, para el que sí será su primera subida a un “cuatro mil”. Este amigo le acompañará después también al Kilimanjaro, donde han escogido hacer la ruta menos transitada y a la vez más dura físicamente: la Machame. Antes harán los “tres miles” de Granada y todos los fines de semana, cualquier subida a montañas cercanas, con el fin de ir aclimatando el cuerpo poco a poco, porque esas escaladas y la actividad en las montañas son la base de su entrenamiento.

“Necesito estar en contacto con la montaña, para mí es la máxima felicidad.” Pues adelante, José Manuel, porque el principal obstáculo para no conseguir algo es no intentarlo y en tu espíritu aventurero está claro que no hay sitio para el desánimo.

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Texto: Remedios Camero / Fotografías: Quino Castro

José María Rivero, José María Luque y Félix Blanco son memoria viva de la última época del cine en Estepa, la que protagonizó el Cine Florida y que va de los años 50 hasta casi su cierre, en 2003. Los tres recurrieron a la empresa cinematográfica como un segundo empleo, como un sobresueldo, y como una forma de estar asegurados y procurarse para el futuro una jubilación mejor. Al final, a los tres les quedan los recuerdos de varias décadas ligadas al mundo del celuloide y de cómo éste pasó de ser un negocio floreciente a caer en decadencia con la llegada de la televisión y las nuevas tecnologías.

MEMORIA VIVA DE CINCO DÉCADAS DEL CINE FLORIDA EN ESTEPA

La vida puede ser como una película, o mejor dicho, como trozos de muchas películas: a ratos comedia, a ratos drama, y puede tener acción, amor, lágrimas, risa… Las vidas de tres estepeños como José María Rivero, José María Luque y Félix Blanco tienen de todo eso y más, porque el más joven de ellos, Félix, ya tiene 78 años, y en ocho décadas hay mucho vivido y mucho que contar. Sus vidas, además, tienen en común el cine, ya que los tres trabajaron juntos en el hoy desaparecido Cine Florida, aunque desempeñando tareas diferentes: Rivero era taquillero; Luque, operador, mientras que Félix era acomodador y portero. Desde el año 1953, en que comenzaron Rivero y Luque, hasta el año 1995, en que se jubiló este último, hay mucha cinta que contar y que cortar, aunque de esto último ya se encargaba la censura de la época.Blanco, Luque y Rivero, tres vidas unidas al cine en Estepa

Y es que eran otros tiempos. Los tiempos en los que se ganaban ocho o diez pesetas por función. Los tiempos en los que las películas eran de celuloide, un material inflamable que ardía con facilidad, por lo que el mismo foco del proyector podía prender la cinta si el rollo se detenía un momento. Eran los tiempos también en los que la belleza despampanante de Sofía Loren o Silvana Mangano se veía mermada por las tijeras de la censura franquista, que evitaba que estas italianas imponentes mostraran más piernas de lo que permitía la recta moral de la dictadura.

El público creía que el corte se lo daban aquí, en el Cine Florida, pero Luque explica que no, que la película ya venía cortada de la distribuidora, según establecía el ministerio del ramo en un documento donde se indicaban las escenas que estaban censuradas y que se adjuntaba con la película. “Anda que no me han chiflado a mí veces creyendo que la película la cortaba yo”, se ríe ahora José María Luque al recordar aquellos tiempos en los que la gente mostraba su enfado con la censura cortando con sus navajillas la enea de las pobres sillas que de nada tenían culpa.

Eran también tiempos en los que a veces se iba la luz y la gente se enfadaba mucho, porque había que esperar para reanudar la sesión. “Yo le temía a eso”, sonríe Félix Blanco al recordar el cabreo de la gente o cómo se tenía que acercar con su linterna a llamar la atención de los que fumaban, pues estaba prohibido.

Los recuerdos de nuestros tres protagonistas van dando forma a más de cuarenta años de Cine Florida en Estepa. José María Rivero, por ejemplo, tiene hoy 86 años y una gran memoria, que trae a su mente muchos momentos de los 27 años en los que trabajó en él, de 1953 a 1980. Recuerda que la primera película que se proyectó cuando el cine era de verano fue Quema el suelo (1952), de Luis Marquina, y Calabuch (1956), de García Berlanga, en el caso del cine de invierno, que comenzó su andadura en la primavera de 1957, según recuerda José María Luque, con la celebración del pregón de la Semana Santa de Estepa de ese año.

Rivero explica que detrás de la parte delantera del cine, que era un molino, había un patio donde se situaba la pantalla del cine de verano. Ese molino se techó unos años después y así nació el cine de invierno. En el trozo de patio que quedó se volvió a montar el de verano pero ya sólo duró un año más, cuenta Rivero, que trabajaba por las mañanas en los albañiles.

Recuerda que en invierno se daban tres funciones en los domingos y festivos: a las cuatro de la tarde la infantil, y a las ocho y diez de la noche las de adultos. Entre semana sólo había dos funciones, que con los años se redujo a una, la de las 8 de la tarde, pese a que, según José María Luque, la gente prefería la de las diez de la noche. Proyectar una película cinco o seis días era lo normal si era buena, y recuerda Rivero que “con cualquiera dábamos lleno en varios pases” y que para aprovecharla mejor, al final la pasaban en lo que se llamaba “fémina”, es decir, lo que hoy conocemos como “día de la pareja”, donde la mujer podía entrar sin pagar.Los tres protagonistas posan en el interior del Cine Florida, hoy cerrado

José María Rivero cuenta también que cuando él empezó en el cine de verano, la entrada costaba una peseta en el aforo “general” –compuesto de sillas de enea-, y dos pesetas en la zona de butacas, formada por bancas largas más cómodas y que se situaban detrás de las sillas. El aforo del cine era de unas 700 plazas, y entre sus tareas estaba la de retirar a diario las butacas al terminar la función, las cuales tenían que volver a colocar al día siguiente. La división del aforo en dos partes hacía que hubiera dos taquillas, una para cada zona, así como dos ambigúes, que traen a la memoria de Rivero a Rafael Gómez, un vendedor ambulante de pipas al que califica como “un hombre muy formal, porque entraba en las funciones pagando las tres entradas si era domingo” para poder vender su mercancía.

Francisco Peña, José Martínez –su primer jefe-, Antonio Torres, dos muchachos a los que llamaban “los boleros” (encargados de llevar y recoger en Casa Filomena las películas que venían en un camión desde Sevilla), Joaquín Borrego, Rafael Osuna, Francisco Casado, Vargas “el de la luz”, José Jurado, “el mellizo Pelayo”, Paco “el de la oveja”, Fernando Fernández, un hermano de Félix Blanco, Antonio Fuentes o “el muchacho de Aguadulce casado con Carmelilla” que se hizo cargo del ambigú de la “general”…. todos son nombres propios con los que se escribe la historia del Cine Florida y que permanecen en la memoria de Rivero.

El cine pasó de las manos de Martínez Llamas a la familia Cañete Llamas, que a su vez se lo vendió a una sociedad formada por ocho socios, Cinestepa, que también explotaba el Cine Esperanza de la calle Santa Ana. Su último dueño fue Miguel Luna, que lo tuvo de febrero de 1979 hasta junio de 2003, fecha en que cerró debido a su inviabilidad. El primer largometraje que proyectó la familia Luna fue El perro (1977), de Antonio Isasi, y el último, la película de dibujos animados El Libro de la Selva (1967).

En los años cincuenta y sesenta las películas que más gustaban eran las españolas, las de Juanita Reina, Lola Flores, Concha Piquer, Currito de la Cruz o Antonio Molina. Y si la película o el espectáculo eran buenos –el cine era también teatro y dos o tres veces al año venían a Estepa artistas destacados como Juanito Valderrama- se vendían todas las entradas y el éxito estaba asegurado. José María Luque recuerda, por ejemplo, cómo se llenó el cine con El pequeño ruiseñor, de Joselito, o con Pena, penita, pena, de Lola Flores, así como con dramas como El derecho de nacer o Arroz amargo, en la que las mujeres entraban en pandilla. Con los años los gustos, como la sociedad, fueron cambiando, y las películas de Kung-Fu, por ejemplo, atraían a mucho público joven.

En este sentido, Luque recuerda que las películas más exitosas venían “acompañadas” de un controlador, esto es, un señor que entraba en la sala y que controlaba cuántas entradas se vendían. También “hubo un tiempo en que había un cupo de películas españolas que era necesario proyectar para poder poner las americanas”, si bien a veces las españolas se pagaban pero no se proyectaban porque no gustaban al público. De su última época recuerda el éxito de El Rey León, de Walt Disney, que se proyectó cinco veces en un día.

José María Luque trabajó en el cine de 1953 a 1995, y cuando comenzó ya tenía su carné de Oficial, porque la proyección de la cinta, debido a su facilidad para arder a causa de su material, hacía que el operador de cine tuviera que estar autorizado. A él sólo se le quemó algún fotograma, que recuperaba de manera que el público no se daba cuenta, pero conoce otros cines en los que la película salió ardiendo. “He solucionado todos los problemas que se me presentaron, que en 40 años ya está bien”, afirma orgulloso de su trabajo. No obstante, éste no era su principal empleo porque “el cine no daba para comer”, y menos siendo 11 de familia, así que él trabajó en los mantecados, en oficinas y en el despacho que la RENFE tuvo en Estepa.

Luque también proyectó películas en el cine de verano de la plaza de abastos, llamado Cine Andalucía primero y luego, Cine GonPel, de González Pelayo. También trabajó en los cines de Casariche, Osuna, Gilena o Aguadulce, adonde se desplazaba en bicicleta, por lo que volvía a Estepa a las tres de la mañana. Refiere que entonces había mucha competencia entre los cines, pues era su época de esplendor, ya que había pocos divertimentos más para la sociedad. Sin embargo, llegó la televisión y se acabó esta época dorada, según coinciden los tres en afirmar.

El trabajo de operador consistía en cambiar los rollos de película, estar pendiente de cómo se iba proyectando en la pantalla, de que el foco no quemara la cinta, de que los arcos voltaicos o “carbones” iluminaran correctamente… Explica que una película normal solía tener tres rollos, unos 2.500 metros de cinta, con excepciones como Lo que el viento se llevó o El mayor espectáculo del mundo, que tenían más de cuatro mil metros. Trabajaba con dos máquinas, y el cambio de una a otra se notaba un poco en la luminosidad, pero poco más. Más adelante, se suprimió una de las máquinas y se compraron unas bobinas que cargaban hasta cinco mil metros, lo que cubría la película entera, si bien había que seguir cambiando los “carbones”.

El tercer protagonista de este repaso de la última época del cine en Estepa es Félix Blanco, que comenzó su relación con el Cine Florida cuando éste ya pertenecía a la empresa Cinestepa, en 1963, y trabajó en él hasta el año 81. Empezó de taquillero y también trabajaba de portero, pero su principal tarea era la de acomodador. Cuando empezaba la proyección, apagaba la luz de la sala pulsando un botón, pero cuenta que siempre había gente que llegaba tarde y entonces él les acompañaba hasta su asiento iluminando el camino con su linterna.

A diferencia de sus compañeros, sólo trabajó en el cine de invierno, y como no se podía mover de la sala, podía ver las películas. Recuerda que gustaban mucho las de acción o los dramas, y que “con películas del oeste o de Bruce Lee había días que teníamos llenazo, pero el nivel de personal empezó a bajar a partir del auge de la televisión.”

Félix tuvo una zapatería y durante 44 años fue cobrador de distintas empresas. Su puesto en el cine hacía que trabajara de lunes a domingo, día en el que llevaba a sus dos hijos a ver películas a la sesión infantil. Cuenta que entre las dos funciones para adultos se turnaba con otro compañero para salir a comer, aunque algunas veces cenaba en el mismo ambigú del cine. También recuerda la comida que la empresa les daba por Navidad, porque eran como una gran familia.

Entre sus funciones estaba también la de colocar frente al Ayuntamiento la cartelera, ya hiciera frío, viento o lluvia, porque con un día de antelación la película tenía que ser anunciada al público. “Colgábamos el afiche (cartel), las fotos, el título, el horario…”. Curiosamente, una vez dejó el Cine Florida, con 50 años, Félix sólo volvió a él como espectador una vez, al igual que Rivero, que recuerda haber vuelto al cine a escuchar algún pregón o a ver alguna actuación, pero no a ver una película. Pero ya se sabe lo que pasa con estas cosas, y tal vez tantos años trabajando dentro del cine y viendo películas saciaron la curiosidad que ambos podían sentir como espectadores del séptimo arte para el resto de su vida.

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Estrenamos nuestra nueva sección Reportajes con la apasionante historia de Francisco Reina, un estepeño que vivió con 10 años el éxodo masivo de civiles huyendo de Málaga a Almería por la carretera de la costa y que recorrió a pie y solo, perdido de su familia, los 200 kilómetros que separan ambas capitales.

FRANCISCO REINA, UN NIÑO ESTEPEÑO EN LAS TRINCHERAS DE LA GUERRA CIVIL ESPAÑOLA

Texto: Remedios Camero / Fotografías: Quino Castro

El pasado 18 de julio se cumplieron 75 años del estallido de la Guerra Civil española, un triste capítulo de nuestra historia reciente que afectó a toda España y, por supuesto, a Estepa. Francisco Reina Aguilar, nuestro protagonista, tenía entonces 10 años. Aquellos momentos de angustia e incertidumbre quedaron grabados para siempre en su memoria porque hoy, a sus 85 años, recuerda perfectamente aquellos tres años de contienda durante los cuales él recorrió medio sur de España y vivió incluso en las trincheras del frente por la zona de Marmolejo junto a su padre pero, sobre todo, recuerda los ocho días que estuvo perdido de su familia, solo, en los que llegó andando de Málaga a Almería, casi sin dejar de llorar, entre miles de personas que huían del avance de las tropas nacionales.Francisco Reina mostrando fotos de su juventud

Cuando estalló la guerra, la familia de Francisco se desplazó a Málaga temiendo una pronta llegada de los nacionales a Estepa. Su padre, Vicente Reina, trabajaba en un Ayuntamiento que entonces era republicano, y su madre, Brígida Aguilar, era costurera y cosía camisas para “los rojos”, por lo que la familia, ante posibles represalias, decidió marcharse hacia zona republicana sin un destino cierto, sin trabajo, sólo con lo puesto. Por aquel entonces curiosamente, Francisco no era Francisco sino Vicente, que fue el nombre con el que lo bautizaron sus padres, pero un error en su inscripción hizo que durante muchos años figurara con dos nombres diferentes en la iglesia y en el registro civil, por lo que ya de adulto optó por quedarse con el nombre de Francisco, que es como todo el mundo lo conocía.

Francisco podría ser hoy uno de esos “niños de Rusia” que fueron enviados en barco por sus padres republicanos hasta aquel país huyendo de la guerra, porque había barcos cargando a estos niños en el puerto de Málaga, pero reconoce que no subió a ninguno porque le dio miedo. Cuenta que en Málaga vivían en el sótano de la fábrica de tabacos y que había gente por todas partes. Mucha gente en los refugios, en las calles, en las carreteras. Efectivamente, aquellos momentos de zozobra están documentados. Se trata de la batalla por la toma de Málaga, que comenzó el 17 de enero de 1937 y duró hasta el 8 de febrero, momento en que el Cuerpo Expedicionario Italiano al mando de las tropas franquistas consigue hacerse con la capital malagueña.

En la ciudad cundió el pánico ante la llegada de los nacionales, por lo que las tropas republicanas y miles de civiles protagonizaron una huida en masa hacia Almería por la carretera de la costa, una vía que no había sido cortada pero que estaba a merced de los bombardeos franquistas desde tierra, mar y aire, según relatan algunas fuentes. Se calcula que durante los varios días que duró este éxodo, más de cien mil personas pudieron desplazarse hasta la zona roja, y se sabe que durante el duro trayecto fueron duramente hostigados por la artillería de los buques nacionales Almirante Cervera, Baleares y Canarias, así como por la fuerza aérea franquista. Las mismas fuentes apuntan que varios miles de civiles murieron en este penoso capítulo que ha pasado a los anales de la historia como “la masacre de la carretera Málaga-Almería”.Francisco Reina, en una imagen de su juventud

De todo ello tiene perfecta memoria Francisco Reina. Recuerda como si fuera ayer el bombardeo de la aviación contra puentes e incluso alcantarillas para cortar cualquier vía de escape y a la gente corriendo para ponerse a cubierto, así como a los barcos lanzando proyectiles desde la costa hacia la sierra de Málaga. En ese revuelo, en ese pánico, en esa huida de gente hacia todas partes y hacia ninguna, Francisco se perdió de sus padres, y al no saber qué hacer siguió andando, como hicieron miles de personas, hacia Almería, adonde llegó unos ocho días después tras recorrer a pie los 200 kilómetros que separan ambas capitales, en un viaje que, tal y como describe, hizo prácticamente llorando y contando a unos y otros que se había perdido, sin que nadie pudiera darle norte de dónde estaban sus padres y sin que nadie quisiera hacerse cargo de él, lo cual era casi lógico en aquellas circunstancias.

Francisco confiesa que en aquellos inolvidables ocho días pensó alguna vez que no volvería a ver más a sus padres, y cuenta también que supo años después que al caer la noche, su madre lo llamaba a voces pero la gente la mandaba callar porque nadie quería llamar la atención, ya que había mucho miedo. El ejército nacional cortó la carretera y su madre y hermanos quedaron del lado fascista, por lo que volvieron a Estepa cuando pudieron. Su padre, en cambio, logró continuar hacia Almería también, aunque Francisco no lo sabía, y ambos llegaron a la capital almeriense con un día de diferencia.

Pero hasta que se produjo el reencuentro, Francisco anduvo y anduvo, y recuerda que la gente le decía que siguiera andando, que seguro que encontraría a su familia más adelante. Comió esos ocho días de la caridad de la gente y de un cañaduz que llevaba consigo, y durmió bajo el techo de cualquier cortijo que encontró por el camino liado en su única pertenencia: una manta. Lo que más claro recuerda es que la carretera iba llena de gente y que, a pesar de estar solo, no lo estuvo nunca en realidad porque había miles de personas. Por el camino encontró incluso a su padrino, al que también contó que se había perdido, pero recuerda con cierta pena que tampoco éste lo recogió porque “cada uno llevaba su historia”.

Por suerte, al segundo día de llegar Francisco vio gente de Estepa y se arrimó a ellos, los cuales dieron también con Vicente, su padre, y los pusieron por fin en contacto. Desde entonces, febrero de 1937, y hasta que acabó la guerra en abril del 39, Francisco estuvo con su padre en Almería, Marmolejo (Jaén) y Murcia, la capital de provincia que más resistió al ataque nacional y que fue republicana hasta el 31 de marzo de 1939, un día antes de que Franco diera por finalizada la contienda. Jaén y Almería cayeron sólo dos días antes, el 29 de marzo.Francisco Reina se dedicó a la construcción desde los 13 años

Su madre, mientras tanto, regresó a Estepa y se encontró su casa ocupada por otras personas, por lo que tuvo que irse a vivir con sus padres. Así fue durante un tiempo, hasta que Brígida decidió que volvía a su casa, que para eso era suya, estuviera ocupada o no. Finalmente, después de un tiempo conviviendo todos juntos, propios y extraños, la familia ocupante se hartó y se marchó y su legítima dueña pudo recuperar su hogar.

Por su parte, Vicente fue llamado a filas en el bando republicano, en el que sirvió de soldado. Estuvieron mucho tiempo en Marmolejo, en un “frente tranquilo, en el que no había tiros” por tratarse de una retaguardia. Pasaba el día en las trincheras, con su padre y los demás soldados, y sobra decir que allí era el único niño que había. Por eso mismo, recuerda con una sonrisa, “cuando repartían el rancho yo era el primero que comía.”

Su padre le propuso en broma por aquellos días que si se quería volver a Estepa le hacía una bandera blanca atada a un palo para que él cruzara el campo en son de paz por si lo veía el enemigo, pero él, aunque estaba deseando volver a su pueblo, dijo que no porque temía que el enemigo no tuviera en cuenta ni su edad ni su bandera. De Marmolejo también recuerda una noche en que se metieron a dormir en un cortijo viejo y se cayó el techo de un apartamento donde dormían unos pocos, provocando aquel accidente la muerte de un soldado amigo de su padre y que también era de Estepa, y al que enterraron en la vecina Andújar.Francisco Reina, en su casa

Pasados dos años del comienzo de la guerra, en 1938, su padre pudo por fin escribir una carta a su madre a través de la Cruz Roja, de manera que Brígida supo al fin que su marido y su hijo estaban vivos y juntos, ya que no había tenido noticias de ellos desde la estampida de Málaga. Por aquellas fechas también licenciaron a su padre, que ya librado del ejército marchó con el hijo a Murcia, aún republicana, donde permanecieron hasta que acabó la lucha. Allí, su padre se dedicó a la venta de productos que compraba en la huerta murciana mientras que él, ya con 12 años, hacía recados y ayudaba a la señora de la familia que los acogió desinteresadamente en su casa, una carnicera a la que llamaban Lola “la mondonguera” porque vendía “los mondongos del cerdo”, es decir, los intestinos y otras vísceras.

Dolores Díaz Ayala y Antonio Martínez González eran los nombres de las dos personas que, generosamente, acogieron a nuestros dos protagonistas en su casa y para los que Francisco sólo tiene palabras de agradecimiento. Recuerda que la primera noche que llegaron a aquel lugar durmieron en el jardín, y al día siguiente, cuando su padre le pidió a la señora dejar allí sus cosas durante el día, ella se compadeció de ambos y les abrió las puertas de su casa. El marido también era soldado, y cuenta Francisco que en la huida de un ataque vino a esconderse en su propia casa, donde permaneció oculto durante el resto de la guerra. Es más, tenía una soga dentro de la chimenea y cuando llegaba gente extraña a la casa, el desertor se colgaba de la soga y trepaba chimenea arriba, quedando oculto dentro mientras duraba la visita.

Una vez finalizó la guerra, volvieron a Estepa en tren hasta La Roda de Andalucía. Su padre no tuvo miedo de volver, nos cuenta, pero lo cierto es que nada más llegar lo metieron preso un tiempo. Él, que ya era un muchacho, escuchaba a los chavales murmurar “ése es el rojillo, el que estaba perdido” cuando lo veían pasar. Pero poco a poco las aguas fueron volviendo a su cauce, su padre salió de prisión y aunque nunca volvió a trabajar en el Ayuntamiento, se ganó la vida junto a su madre con un puesto en la plaza de abastos de Estepa. Vicente y Brígida tuvieron dos hijos más, y la normalidad comenzó a recuperarse poco a poco.

Nuestro protagonista empezó a trabajar con 13 años y siempre ha sido albañil. Se casó en 1956 con Asunción, la que fue su mujer durante más de 50 años, y con la que tuvo tres hijos: Francisco, Manolo y Asunción. También vivió temporadas en Barcelona trabajando en la construcción. Hoy tiene siete nietos, de los que habla orgulloso, y conserva una memoria excelente que le hace recordar aquellos duros momentos de su adolescencia que para sus nietos son como el guión de una película.

No obstante y pese a todo, su familia tuvo suerte porque ningún miembro murió en ningún ataque ni quedaron desperdigados para siempre, sino que pudieron volver a reunirse y emprender el resto de la vida juntos. Setenta y cinco años después de aquello, Francisco tiene muy claro que “España no vivirá más una guerra así” pero, por si acaso, recuerda a todo el que la quiere escuchar su historia, la historia de un niño de 10 años que anduvo solo hasta Almería, mezclado entre miles de personas que huían hacia ninguna parte, y que vivió más de un año en las trincheras de una guerra en vez de haber estado jugando, como le correspondía a su edad, con sus hermanos y sus amigos en las calles de la Estepa de finales de los años treinta.